La sensación de hambre no responde a un solo mecanismo, sino a la interacción entre el cerebro, las emociones y la microbiota intestinal, factores que influyen de manera directa en las decisiones alimentarias y en el riesgo de excesos, según un estudio publicado en The New England Journal of Medicine.
La investigación identifica tres sistemas principales que regulan el apetito: el hambre fisiológica, el hambre hedónica y el hambre modulada por la microbiota, ampliando el concepto tradicional del apetito más allá de la simple necesidad energética.
El hambre fisiológica, también llamada homeostática, aparece cuando el cuerpo necesita energía y se regula a través del hipotálamo y hormonas como la grelina, la leptina y el GLP-1. Tras la ingesta, señales mecánicas y hormonales inducen saciedad y ayudan a evitar el consumo excesivo.
El hambre hedónica está asociada al placer y a los circuitos de recompensa cerebral, activados por alimentos ricos en azúcares, grasas o sal. Este tipo de apetito puede surgir por estrés, estímulos visuales u olfativos, sin que exista una necesidad metabólica real.
Especialistas advierten que este impulso emocional no siempre presenta señales físicas claras, lo que favorece conductas como los atracones y aumenta el riesgo de obesidad, debido a la activación de la dopamina y la búsqueda de gratificación inmediata.
Un tercer mecanismo en estudio es el papel de la microbiota intestinal, cuyas bacterias producen metabolitos capaces de modificar las señales de hambre y saciedad, influyendo en hormonas relacionadas con el metabolismo. Aunque la evidencia aún es preliminar, este campo abre nuevas líneas de investigación.
A estos sistemas se suman factores genéticos y enfermedades específicas, como el síndrome de Prader-Willi, que predisponen a la hiperfagia, mientras que otros trastornos se asocian a la restricción extrema de alimentos.
Expertos coinciden en que distinguir los tipos de hambre es clave para mejorar la relación con la comida. Mantener horarios regulares, dormir adecuadamente, manejar el estrés y optar por una dieta equilibrada son estrategias que ayudan a controlar el apetito y prevenir trastornos alimentarios.
AGENCIAS
