Esta reflexión es larga, pero vale la pena que usted la lea completa, para que conozca parte de nuestra historia, parte de la idiosincrasia de nosotros los dominicanos.
LA PARADOJA DEL ALMA DOMINICANA: DEL TRAUMA HISTÓRICO AL VACÍO ESPIRITUAL
La contradicción de la calle y el grito de la queja
Cualquiera que observe con ojos limpios la vida cotidiana de la República Dominicana se topa de golpe con una contradicción desconcertante. De un lado se percibe una ebullición económica tangible: calles atestadas de vehículos modernos, motores que no caben en las esquinas, un comercio agresivo de tiendas, supermercados, colmados sonando a toda hora, bancas de apuesta, bares y discotecas abarrotadas. En apariencia, las necesidades elementales están cubiertas: la gente viste, come dentro de sus posibilidades y el consumo no se detiene.
Sin embargo, basta entablar conversación con cualquier ciudadano, en cualquier estrato social, para escuchar casi al unísono una narrativa de amargura y derrota: la cosa está que arde, aquí no hay vida, esto se lo llevó quien lo trajo. A la par de esa queja perpetua, impera una actitud generalizada donde abundan los sabihondos, los héroes ficticios y las figuras que pretenden saberlo todo sin rigor alguno.
Ese desfase entre la realidad visible y el lamento constante responde a una estructura deformada que descansa sobre varios pilares.
En primer lugar, la cultura de la apariencia frente a la fragilidad real. Gran parte de la abundancia que se exhibe en las calles se sostiene sobre el endeudamiento y la zozobra. El ciudadano común prioriza el consumo visible, el vehículo, el teléfono inteligente de última gama, la ropa de marca y el derroche de fin de semana, como un mecanismo de validación personal frente a los demás. No obstante, detrás de esa fachada no hay solidez ni ahorro; hay tarjetas al tope, préstamos informales o remesas indispensables para cerrar la quincena. El grito de que la cosa está mala muchas veces no refleja la falta del bocado de hoy, sino el terror al vacío de mañana y la angustia de que una emergencia derrumbe el castillo de naipes.
En segundo lugar, la orfandad institucional y el doble costo de vivir. Aunque haya sustento en la mesa, la tranquilidad cotidiana cuesta el doble. El dominicano común trabaja sabiendo que debe costearse por cuenta propia lo que los servicios públicos deberían garantizarle: paga impuestos y recurre a la educación privada por desconfianza en la pública; paga la factura eléctrica y asume plantas o inversores; cotiza seguridad social y se estrella contra el anticipo humillante en una clínica ante la enfermedad de un pariente. Esa fricción desgasta el ánimo y alimenta un rencor subterráneo.
En tercer lugar, la queja como escudo y superstición. En la psicología popular, la queja cumple una función preventiva. Proclamar bienestar se evita por miedo a la envidia o al compromiso de tener que auxiliar al prójimo. Decir que uno la va pasando o que la situación aprieta funciona como coraza para no despertar miradas ajenas y como justificación moral para evadir responsabilidades personales ante las propias limitaciones.
Don Rafael Herrera y la radiografía del allante
Para comprender de raíz esta patología del carácter nacional es imprescindible volver sobre la figura de Don Rafael Herrera Cabral, patriarca del periodismo dominicano y director histórico del periódico Listín Diario desde su reapertura en agosto de 1963 hasta su partida física en 1994.
Don Rafael no fue un simple redactor de noticias; fue un orientador cívico y moral de agudeza clínica inigualable. En los momentos más dramáticos de la historia contemporánea, como la Guerra de Abril de 1965, los años difíciles de los Doce Años y las complejas transiciones democráticas de 1978 y 1986, su despacho y sus reflexiones sirvieron de árbitro y punto de cordura para líderes tan dispares como Juan Bosch, Joaquín Balaguer y José Francisco Peña Gómez. Con una pluma reposada, directa y desprovista de estridencias, pero armada de una honestidad implacable, don Rafael vivió con hábitos de sobriedad ejemplar, ajeno al boato y al figureo, lo que le confería una autoridad moral indiscutible para confrontar los extravíos colectivos.
Fue don Rafael quien elevó a categoría de diagnóstico sociológico el fenómeno del allante, al punto de dedicarle un editorial que tituló, precisamente, "El Allante". En ese texto documentó un dato que pocos conocen: esa palabra se escuchó con tanta frecuencia entre los dominicanos que trabajaban en las fábricas y almacenes de Nueva York, que una reconocida empresa automotriz terminó bautizando con ella uno de sus modelos de lujo, el Cadillac Allanté, lanzado al mercado en 1986. Supo ver con dolor cómo el dominicano fue abandonando paulatinamente la humildad y la verdad de su condición para entregarse a la simulación y al bulto. El allante no era un juego inocente de palabras, sino una renuncia al ser para vivir en el parecer: el afán enfermizo de no mostrarse jamás por debajo de nadie.
De ahí nació aquella verdad descarnada que retrató el comportamiento social: si el vecino ponía en la paila cinco plátanos para su sustento, el otro salía apresurado a buscar prestado para sancochar seis, no porque el cuerpo le exigiera más comida, sino para que nadie en el vecindario sospechara que en su fogón había escasez. Se hipotecó la paz espiritual y la sobriedad con tal de alimentar la vanidad de la mirada ajena.
El veneno en la mente de las nuevas generaciones
En esa dinámica del allante y la inconformidad ficticia radica el mayor peligro que enfrentan las aulas, los hogares y los templos.
Un niño no mide el mundo a través de estadísticas económicas ni discursos ideológicos. El niño observa lo inmediato, lo tangible: se levanta en la mañana y ve la mesa servida; va a la escuela y encuentra desayuno, comida caliente y merienda antes de regresar a su casa; ve que tiene calzado, ropa limpia, cuadernos y un techo donde guarecerse de la lluvia. Para la mirada inocente de la infancia, ese orden elemental le indica que la Providencia existe, que el trabajo de sus padres responde y que la vida tiene sustento.
Sin embargo, ese mismo niño se ve sometido a diario a la prédica venenosa de los adultos a su alrededor, una letanía implacable de derrotismo que insiste en que este país no sirve, que aquí no hay vida y que la suerte está echada hacia la ruina.
Ese contraste violento siembra en las mentes jóvenes deformaciones morales gravísimas.
Primero, la anulación del agradecimiento y del valor del esfuerzo. Al ver que lo básico se tiene pero se desprecia, el muchacho aprende que la comida en la mesa, el pan en la escuela y el techo seguro no valen nada. Asume que la vida digna solo empieza cuando se accede a la ostentación y al despilfarro. Se forma un ser incapaz de dar gracias a Dios y a sus padres por el pan de cada día.
Segundo, la consagración de la insatisfacción crónica. Al crecer bajo la premisa de que nada es suficiente, el joven se vacuna contra la paz interior. Aprende que conformarse con lo honrado es señal de cobardía o mediocridad, y que el único camino respetable es el del bulto: empeñarse por un teléfono que no puede pagar, financiar un motor para desafiar la muerte en la pista o vestir con marcas falsificadas antes que cultivar una libreta de ahorros o el sosiego familiar.
Tercero, el cinismo y la pérdida del sentido ético. Cuando a una criatura se le repite que su tierra es inviable y que todo está perdido, se le destruye el puente moral hacia la decencia. Crece convencido de que estudiar y trabajar con disciplina es una tontería de ilusos, y que la única forma de no ser un perdedor en la selva del allante es la viveza, el atajo torcido, la violencia o la aventura delictiva.
La raíz histórica: los ciclones de la política y de los cielos
Este extravío ético no brotó de la nada ni es simple ingratitud espontánea; tiene una raíz histórica profunda y dolorosa que se remonta a la caída de la tiranía trujillista.
Durante más de treinta años, el país vivió bajo una disciplina férrea impuesta por el terror. El ciudadano común no tenía libertad, pero su entorno funcionaba dentro de una rutina implacable y predecible. Cuando en mayo de 1961 cae el dictador, quienes planificaron el ajusticiamiento no previeron ni organizaron el día después. El país se abrió de golpe a una turbulencia inaudita: la inestabilidad política, los gobiernos efímeros, la esperanza tronchada del gobierno de Juan Bosch con el golpe de Estado de 1963, el desastre institucional del Triunvirato y, finalmente, la herida sangrante de la Revolución de Abril de 1965 con la bota de la intervención extranjera mancillando el suelo patrio.
A esas convulsiones provocadas por la mano del hombre se sumaron los zarpazos inmisericordes de la naturaleza. Los vientos feroces y las inundaciones de tormentas y ciclones implacables, desde la década del sesenta hasta las devastaciones históricas de David y Federico en 1979, barrieron campos enteros, arrancaron cosechas, destruyeron los puentes y sumieron a miles de familias humildes en el fango y la orfandad material más absoluta.
Aquellas catástrofes sucesivas quebraron el alma colectiva de varias generaciones. El hombre de trabajo sintió que el esfuerzo honesto, el sembrar con paciencia y el esperar la cosecha eran ejercicios inútiles, porque un vendaval de la política o una furia de los cielos se lo arrebataba todo de la noche a la mañana.
Frente a esa intemperie y a ese sentimiento de indefensión, una parte inmensa del pueblo, en lugar de aferrarse a una fe profunda, austera y forjadora de virtudes cívicas, sucumbió al desencanto y al sálvese quien pueda.
Por un lado, se dio el abandono de la fe por el cinismo. La confianza en la Providencia y en la rectitud fue sustituida por una sensación amarga de condena. Muchos concluyeron que actuar con apego a la ley de Dios y de los hombres era un castigo que solo aseguraba la miseria, dando paso a una cultura del resentimiento donde la honestidad empezó a ser tratada como debilidad.
Por el otro, se produjo el refugio en la descomposición social. Ante el desamparo institucional y la falta de referentes de rectitud en las cúpulas del poder que administraron el botín posguerra, la viveza criolla, el compadrazgo corrupto, el tráfico de influencias y el delito se normalizaron como las únicas herramientas válidas para sobreponerse al infortunio.
Con ello se consumó la renuncia a la dignidad del trabajo paciente. Se rompió la vocación de labrar el porvenir con calma. La sociedad dominicana aprendió a vivir en la prisa del sobreviviente asustado: cobrar hoy, gozar hoy, apoderarse de lo que se pueda hoy, porque el mañana siempre ha sido visto como una amenaza.
El desafío urgente para la educación y el púlpito
La República Dominicana de hoy logró vencer la miseria extrema del hambre visible y ha construido infraestructuras, escuelas, comercios y dinamismo económico; sin embargo, ese crecimiento material no ha venido acompañado de una maduración del espíritu. El trauma de la derrota histórica y climática sigue latiendo en el subconsciente colectivo bajo la máscara del allante y la insatisfacción quejumbrosa.
El trabajo que tienen por delante los maestros en las escuelas y universidades, y los sacerdotes y pastores desde los altares, no es enseñar a aspirar a tener más cosas, sino volver a educar el corazón en la grandeza de la sobriedad, la dignidad del esfuerzo propio y el valor sagrado de la verdad. Si a los niños y jóvenes no se les enseña a mirar con agradecimiento el plato que tienen delante y a rechazar la farsa de aparentar lo que no se es, ninguna obra física ni ningún presupuesto alcanzará para redimir a un pueblo que, teniéndolo todo para salir adelante con honor, prefiere ahogarse en la mentira de sus propias apariencias.
Luis Medrano reflexión Letal
Sean buenos siempre, mantengan la fe.
