Progreso material (mayor PIB, más educación, avance tecnológico, médico, etc.) implica, para bien o mal, menos natalidad por elección. Nos hemos movido de la vieja lógica de familia numerosa; tener muchos hijos por miedo, por necesidad, por falta de opciones. Ahora hay menos incentivo para tener hijos con miras a la vejez y se tienen pocos por decisión. La medicina garantiza supervivencia, la educación abre caminos y el trabajo femenino redefine prioridades. La planificación familiar dejó de ser tabú y se volvió herramienta cotidiana. Es lo que llaman paradoja demográfico-económica, que nos toca ahora como país que ha progresado, solo que con el problema de estar por debajo de tasa de reemplazo generacional.
