Es usual argumentar que la pena de muerte – que no existe en nuestro ordenamiento jurídico, valga recordar- es inútil, pues no tiene un efecto disuasorio superior al de la cadena perpetua, no redunda en menos crimen. Yo misma siempre había razonado así, pero he descubierto que es un razonamiento erróneo. La lógica es que crímenes de determinada gravedad ameritan no pena racional, prisión, sino emocional, muerte. La pena capital como pena emocional es una postura central en la criminología y la sociología jurídica contemporáneas. Diversos académicos analizan que esta persiste porque no responde a un criterio de utilidad pública o prevención racional, sino a una función puramente retributiva y emocional.
