La Ley 74‑25 muestra “triunfos” en cuanto a sancionar justicieramente la violencia de género, en momentos en que los asesinatos íntimos de mujeres reflejan un incremento de casi 100%. Pero confiarnos únicamente en el castigo penal es algo ilusorio. La violencia machista no surge de la nada, se cultiva. En hogares que normalizan el castigo físico a los niños (la mayoría de los dominicanos); en un sistema educativo que no forma en igualdad ni en vida sin violencia; en un Estado tradicionalmente ausente o eminentemente reactivo en cuanto a salud mental y emocional de los ciudadanos. Endurecer penas puede aliviar la indignación social, pero no evitará que las mujeres sigan siendo asesinadas por parejas o exparejas.
