Durante una reciente visita al Zoológico Nacional, caminé y admiré su cuidado: senderos limpios, información educativa, personal atento. Pero al detenerme frente a una jaula solitaria, un ave inmóvil bajo un techo de palma, no pude evitar preguntarme si puede la comida garantizada, el refugio seguro, sustituir el cielo abierto. Nos hemos convencido de que la supervivencia basta, que un animal alimentado es un animal satisfecho. Pero la felicidad no se mide solo en calorías ni en ausencia de depredadores. Se mide, quizás, en la posibilidad de elegir. Mientras sigamos llamando “preservación” a lo que también es cautiverio, seguiremos debiéndoles a estos animales una respuesta que ya la misma ciencia confirma que ellos se hacen. ¿A quién protege realmente esta jaula?
