Nunca imaginé llegar a ver a mi querida y adorada República Dominicana, a nuestra Quisqueya la bella, sumida en este profundo desgarro moral y ético. Duele en el alma observar cómo, a diario, el odio y el irrespeto se han convertido en el lenguaje normalizado de nuestra sociedad.
Hoy vivimos en un tribunal implacable donde a los políticos se les tilda de antemano de ladrones, perversos y corruptos, negando cualquier posibilidad de vocación de servicio; a nuestras mujeres, el pilar de las familias y el motor de nuestra sociedad, se les denigra con una ligereza espantosa, tachándolas de promiscuas y desleales; y a los empresarios, a los emprendedores que arriesgan y generan el sustento de miles, se les condena bajo el estigma automático de explotadores y oportunistas.
Nadie escapa a esta trituradora de honras. Los expresidentes de nuestra nación han expuesto su vida, su paz, su tranquilidad y su solvencia moral, y al final, todos salen señalados como si hubiesen sido vulgares ladrones y corruptos.
Todo esto ocurre porque algunos en quienes ellos han depositado su confianza les han fallado miserablemente. Resulta ilógico pensar que un mandatario orqueste actos de corrupción sabiendo que con ello perderá la paz y jamás volverá a conciliar el sueño. Pero en este país, a todos sin excepción los han acusado, los han acorralado, los han difamado y han injuriado tanto a ellos como a toda su familia.
Veo con asombro y profundo respeto el ejemplo que está dando el actual presidente Luis Abinader, quien se encuentra trabajando muy por encima de las posibilidades físicas que pueda resistir cualquier ser humano. Está laborando incansablemente a lo largo y ancho de nuestros más de 48,000 kilómetros cuadrados, recorriendo el país de punta a punta. Está llevando alegría, llevando paz, llevando felicidad, avance, progreso y prosperidad.
Está construyendo y haciéndole ver a la gente que hay alguien que se preocupa genuinamente por ellos, por los más pobres, por los que no tienen absolutamente nada. El presidente Luis Abinader llega siempre cargado, no solo de una inmensa esperanza, sino de aportes reales para que a nuestra gente se le mejore la vida de manera tangible.
Y ni aun así se valora ese esfuerzo monumental. Porque esa herramienta sin control que son las redes sociales permite que cualquiera la tome y suba una mentira destructiva. Buscan de manera perversa informaciones de años pasados, las reciclan y las manipulan mediante algoritmos oscuros con el único propósito de hacerle daño al presidente, a sus ministros y a sus empleados, destruyendo así a un país tan valeroso como este. Un país lleno de tanta gente buena, noble y trabajadora. Nos están devorando las fieras de las redes sociales.
Por lo visto, parece no quedar absolutamente nada sagrado. Es desconcertante y doloroso ver cómo incluso los periódicos, los medios tradicionales que alguna vez fueron el faro de la sociedad, los guardianes de la verdad y de la decencia, han rendido sus plumas. Han caído en ese gran gancho, en la trampa de apoyar y dar eco a los arquitectos del caos, cediendo a la tentación de lucrar con el morbo y las tendencias destructivas.
Al hacerlo, olvidan por completo que esta es la patria que costó sufrimiento, lágrimas, sangre, muerte y el inmenso sacrificio de hombres y mujeres valerosos. Héroes que hoy, en su tumba, están padeciendo una segunda muerte, porque su alma y su espíritu lo ven todo, y sufren desde lo alto al contemplar con dolor e impotencia lo que está pasando en este país.
Esta es la tierra sagrada por la que lo dieron todo Duarte, Sánchez y Mella; la que defendió con fiereza de león el general Gregorio Luperón; la que inspiró el coraje inquebrantable de Francisco Alberto Caamaño. Es la misma nación por la que el profesor Juan Bosch se expuso a todo sin reservas, y por la que el doctor José Francisco Peña Gómez entregó hasta su último aliento buscando un país digno, inclusivo y de bienestar para todos. ¿Es en esto en lo que hemos convertido su legado?
Hoy en día, lamentablemente, nuestro país recibe una manipulación constante, orquestada por aquellos que viven con el alma cargada de rencores, disparando a mansalva los dardos envenenados de la injuria, la difamación y el vil chantaje. La fuerza avasalladora y sin filtro de las redes sociales se ha convertido en un Goliat moderno que terminó aplastando la ética periodística, arrastrando a la prensa tradicional hacia el mismo fango, hacia ese mismo lodazal donde el respeto pierde su valor frente al escarnio y al escándalo efímero.
Es urgente que abramos los ojos. Alguien tiene que decirlo desde afuera de esa burbuja de toxicidad: están destruyendo la patria. Están desmantelando nuestros valores y quebrando la convivencia, y muchos no se están dando cuenta del abismo hacia el que nos dirigen a todos, sin importar clase social, profesión o bandera.
Dios, mete tu mano por esta patria, porque en medio de tanto ruido, de tanta voracidad y desolación, al parecer somos muy pocos los que de verdad la amamos. Somos pocos los que aún nos dolemos por su suerte y nos negamos a verla consumirse en el fuego de la insensatez y el descrédito.
Ilumina nuestro entendimiento, devuelve la cordura a nuestros líderes, a nuestras familias, a nuestros jóvenes y a quienes tienen el poder de la comunicación, a ver si logramos salir hacia adelante. Transitamos por un camino sumamente oscuro y difícil.
Dios, mete tu mano por nuestra República Dominicana, por favor, y sálvanos de nosotros mismos.
Reflexión Letal de Luis Medrano
Sean buenos siempre.
Mantengan la fe.
