El problema no es que profesionales entren al Estado -eso es legítimo y necesario-, sino que lo hagan sin reconocer públicamente el cambio de rol y sin renunciar a la máscara de independencia. La cooptación política erosiona la confianza pública, distorsiona el debate y deja a la ciudadanía sin contrapesos reales. Dice un dicho que no se muerde la mano que da de comer. El tránsito de crítico a burócrata suele venir acompañado de un silencio acomodado, la indignación se apaga, la autonomía se diluye. La narrativa se ajusta a la línea oficial. La preservación de voces críticas es esencial a la democracia; hagamos consciencia de cuán dañosa puede ser esta práctica, sin transparencia.
