Jesús nació en un humilde pesebre. Ni sus vestimentas sencillas ni sus modestas sandalias fueron obra de grandes diseñadores. Practicó con el ejemplo las enseñanzas de sus palabras. Jamás buscó riquezas ni propiedades, como él mismo lo dijera:“Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo, nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza” (Mateo 8:20).
Denunció a los dirigentes religiosos que, aparentando piedad, utilizaban su posición para obtener beneficios personales, mientras devoraban “las casas de las viudas” (Marcos 12:38-40). Porque quien, valiéndose del nombre de Jesús, acumula patrimonios, exhibe lujos o explota la fe de los creyentes, se distancia profundamente de su ejemplo.
Y yo me pregunto: ¿qué juicio les espera a quienes, desde el púlpito, amasan fortunas vendiendo la esperanza de sus ovejas?
Aquel que convierte la fe en negocio niega el ejemplo del Hijo de Dios, quien vino a la tierra a salvar almas, no a enriquecerse aprovechando la necesidad espiritual del ser humano.
Por José Alejandro Vargas
@JoseAlejandroVJ

