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miércoles, marzo 18

tribuna abierta Teología del deporte ¿El cuerpo también ora?

 


La teología del deporte no es un intento de religiosidad del juego, sino de comprender qué revela la actividad deportiva sobre el ser humano creado por Dios. Jonathan Andrés Rúa Penagos propone mirar el deporte no como fin absoluto, sino como espacio simbólico donde se manifiestan verdades profundas sobre la disciplina, el límite, el sacrificio y la esperanza. En ese ámbito, el atleta no es solo músculo en acción, sino persona en proceso.


El deporte muestra que el cuerpo no es un accesorio del espíritu. Es su compañero de camino. Se entrena, se cansa, cae y se levanta. Esa dinámica recuerda la vida cristiana, porque nadie alcanza la meta sin esfuerzo, constancia y renuncias. San Pablo utilizó imágenes atléticas para hablar de la fe porque la carrera, el combate y la meta expresan con claridad el sentido de perseverar en medio de la fragilidad.


Rúa Penagos insiste en que el deporte es escuela de virtudes humanas que se abren a una dimensión trascendente: respeto a reglas, dominio de sí, trabajo en equipo, aceptación de la derrota. Nada de eso es superficial. Forma carácter.


Y el carácter es el terreno donde puede fructificar la gracia. El cristianismo no desprecia la competencia, pero la orienta, ganar no significa aplastar al otro, sino superarse sin perder el respeto por su dignidad.


Desde esta mirada, en el campo de juego se muestra lo que alberga el corazón humano: nobleza, egoísmo, solidaridad o vanidad. El deporte no es religión ni simple espectáculo, no salva ni redime, pero puede enseñar.


Desde esta perspectiva, el deporte puede convertirse en un espacio donde se revela la condición humana. En el juego aparecen muchas de las actitudes que habitan el corazón del hombre: la nobleza del esfuerzo, el egoísmo que busca la gloria personal, la solidaridad entre compañeros o la vanidad que acompaña al triunfo. Por eso no puede quedar reducido a simple espectáculo, ni pensar que es un culto. No tiene poder para salvar ni para redimir, pero posee una capacidad formativa: enseña disciplina, muestra el valor del esfuerzo compartido y recuerda que la victoria o la derrota forman parte del aprendizaje humano.


El cuerpo que corre lucha y resiste también habla de Dios, porque fue creado para expresar, en movimiento, la vocación integral de la persona.


Por Juan Fco. Puello Herrera