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viernes, marzo 6

Carreteras nuevas, conductas viejas, La imprudencia al volante sigue cobrando vidas


 El más reciente accidente en la Circunvalación de Baní dejó una escena imposible de ignorar: un hombre perdió la vida mientras viajaba junto a su esposa y sus hijas. Ellas sobrevivieron. Él no regresará a casa.


Más allá de lo que determinen las investigaciones, hay una verdad que no admite evasivas: cada decisión imprudente al volante puede marcar a una familia para siempre.


Desde su inauguración en agosto de 2025, esa vía acumula once víctimas mortales. Seis de ellas en apenas los primeros meses de este año. La cifra preocupa, pero más inquietante aún es el efecto social que ha generado: conductores que prefieren regresar al casco urbano por temor, devolviendo a la ciudad una congestión que se suponía superada.


Es legítimo exigir mejor iluminación, señalización y fiscalización. Siempre habrá aspectos técnicos que optimizar. Sin embargo, ninguna infraestructura puede sustituir la responsabilidad humana. Rebasar en línea amarilla continua, donde está expresamente prohibido; exceder el límite de 80 kilómetros por hora; o invadir el carril contrario no son fallas del diseño vial. Son decisiones.


Y el problema no es exclusivo de una carretera. Es nacional. Un accidente reciente en La Romana dejó múltiples víctimas, recordándonos que la imprudencia no reconoce provincias. De hecho, según reportes publicados en la prensa nacional, 418 personas murieron en accidentes de tránsito durante enero y febrero de 2026 en la República Dominicana. Cuando en apenas dos meses se pierden más de cuatrocientas vidas, no estamos ante hechos aislados: estamos ante una crisis de comportamiento colectivo.


La infraestructura puede reducir riesgos. La fiscalización puede imponer sanciones. Pero mientras la educación vial no sea constante en escuelas, medios y campañas públicas, seguiremos reaccionando a las tragedias en lugar de prevenirlas.


Las carreteras no toman decisiones. Las toman quienes sostienen el volante. Y mientras no asumamos esa responsabilidad compartida, las estadísticas seguirán creciendo más rápido que nuestra conciencia.


Por Luisana Lora Perelló