Un reciente artículo de opinión destacó las bondades del Monorriel de Santiago: modernidad, transformación urbana, reducción de tiempos de viaje y mejora de la imagen de la ciudad. Esa es la cara visible del proyecto, la que promueven sus defensores.
Pero toda gran inversión pública tiene otra cara: cómo se decidió, qué alternativas se evaluaron, cuánto costaba al inicio, cuánto cuesta hoy, cuándo debía terminar y quién asume los riesgos cuando el proyecto se retrasa o se encarece.
Esa es la discusión de fondo. No se trata de negar que Santiago necesita transporte público moderno. Se trata de preguntarse si esta fue la mejor solución para el interés público general o si la ciudad terminó adaptándose a una tecnología, a unos contratos y a unos intereses empresariales previamente condicionados.
1. La narrativa visible: modernidad y promesa urbana
El Monorriel de Santiago ha sido presentado como una obra emblemática para la ciudad: moderna, visible y capaz de transformar la movilidad urbana. Sus promotores destacan la reducción de tiempos de viaje, la integración con el teleférico y el impacto positivo sobre la imagen de Santiago.
Y es cierto que una infraestructura ferroviaria elevada transmite sensación de modernidad y progreso. Esa es la cara visible del proyecto y la que normalmente domina el debate público.
Pero las grandes inversiones públicas no deben evaluarse solo por su impacto visual o simbólico. También deben analizarse desde la planificación, los costos, la sostenibilidad financiera y las alternativas que pudieron haberse considerado antes de comprometer recursos públicos multimillonarios.
Ahí es donde empieza la otra cara de la moneda.
2. La pregunta incómoda: ¿interés público o solución condicionada?
La cuestión central no es si el monorriel funciona como tecnología. La pregunta es otra: ¿fue elegido porque era la mejor solución para Santiago o porque encajaba mejor con una oferta tecnológica, empresarial y financiera previamente disponible?







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